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Me quito el sombrero sin dirigir una sola palabra

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No sé ustedes, pero yo soy de aquellas personas que catalogan como “cotorra o platicadora”. No piensen que soy un chismoso, bueno, no me hago el santo en ello, me encanta el chisme, pero siempre y cuándo valga la pena; pero lo que sucede es que no logro comprender a las personas que se logran resistir a los saludos, cumplidos o simples frases de agradecimiento y cortesía.

Cómo me gusta ver a estas personas a quiénes cuándo alguien les dice -¡Hola, buenos días! – se les transforma su cara; cómo si mordieran un limón se les fruncen poco a poco los labio hacia adentro. Hay que reconocer que realmente hacen un verdadero esfuerzo por no contestar. Otros casos similares son las reacciones a un –gracias- o –con permiso (incluyendo “permisito”, “paso paso”, “permis” y “ojo con cuidado”)- En este caso, las personas logran poner sus ojos en blanco. No solo los acompaña el gesto del limón, sino que también van una serie de reacciones secundarias al hecho de escuchar esas palabras. Estas reacciones van desde girar la cara, con el cuello tenso por supuesto, mirar hacia arriba, si se trata de alguien de baja estatura quién osó decir la palabra prohibida, mirar hacia abajo, si nos da pena no corresponder, o simplemente fingir que no se escuchó nada, nadita.

Me imagino que esta gente ha de terminar su día fatigada de luchar contra el instinto natural del hombre de comunicarse y socializar. Yo creo, que la única ventaja que tienen es que logran tener un cuello con más tono y menos papada por tensarlo tan frecuentemente, pero fuera de ello, no le encuentro otra ventaja. Quizá tuvieron un papá como el mío, a quién yo solía preguntar y preguntar sobre todo y cualquier cosa, quién un día me dijo “Deja de hablar tanto, que se te va a gastar la hablada y luego ya no vas a poder hablar”. Tengo que admitir que el susto me duró un buen tiempo hasta que después, corriendo el riesgo de quedarme mudo por falta de palabras en mi boca, volví a soltar mi lengua, y hasta el día de hoy; sigo contando con reservas de palabras, pero esas personas quizá no se han aventurado a probar si la teoría de las palabras que se agotan es cierta o no.

Puede ser también que estas personas que ni contestan ni responden, simplemente se les haya acabado su carga / batería de educación, y en esos casos, ya ni qué hacer, esa carga / batería ni con las nuevas tecnologías solar, eólica o cualquier otra fuente de energía renovable que esté de moda se puede recargar. Claro que, habrá que probar viejas tecnologías, como la que usaban las abuelas, que era una buena bofetada y nuestro nivel de educación se disparaba a carga máxima más rápido que un celular de última generación.

Ahora entiendo que la moda de antaño, del sobrero y el abanico tenía un porqué. Ahí sí era de lo más sencillo deambular por las calles sin la obligación de dirigir una sola palabra a alguien. Bastaba con un pequeño movimiento bien mecanizado de la mano: prensar la orilla del ala entre el pulgar y el dedo índice y bajar la cabeza. En el caso de las damas, era mucho más simple, bastaba con mover un poco el abanico o simplemente detenerlo con firmeza con ambas manos.

Claro que si yo hubiera vivido en esa época, hubiera parecido que querría apagar un anafre o fuego de tanto agitar el sombrero.

No nos cuesta nada saludar, agradecer y ser corteses. Les aseguro, que con una simple palabra le pueden “hacer el día” a alguien. La fuerza de un gracias o un buenos días es mucho mayor de lo que podemos pensar.

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